La llamada batalla del Mons Graupius, en inglés Grampian Mountains, que tuvo lugar en el año 84, es un destacado episodio de la conquista romana de Britania. En dicha fecha, un ejercito romano formado por unos 20.000 hombres, al mando de Cneo Julio Agrícola, suegro del gran cronista Tácito, venció a unos 30.000 miembros de las tribus caledonias, en el corazón de lo que ahora es uno de los más desolados parajes de Escocia, al mando del jefe Calgaco, causándoles unas diez mil bajas, contra tan sólo 360 bajas propias. Eso es lo que nos queda del relato de Tácito sobre estos hechos, en su obra De vita et moribus Iulii Agricolae.
Una de las más admirables costumbres de los clásicos romanos era su capacidad para compensar la natural exageración de sus gestas militares, con la alabanza hacia el valor de los enemigos, a los que respetaban con el mismo celo con que los masacraban, con lo que no sólo los enaltecían a ellos como dignos oponentes, sino que además agrandaban así también el mérito de sus propias victorias.
El discurso de Calgaco, antes de la ominosa derrota de sus treinta mil hombres, de los que murieron diez millares de desgraciados, de acuerdo con los improbables cálculos de Tácito, que de esta manera daba no poco bombo al padre de su señora, fue -de creer la fabulosa transcripción de nuestro cronista-, de una elocuencia ejemplar, y entregó al mundo una frase solemne e histórica, al arengar a sus tropas, exponiéndoles con crudeza las duras costumbres de los romanos para con los pueblos sojuzgados: “atque ubi solitudinem faciunt, pacem appellant“; “allí donde crean desiertos, hablan de paz”, dijo Calgaco.
Fue Tácito precisamente, uno de los autores clásicos que dedicó más atención a una de sus grandes capacidades personales, la elocuencia, o el arte de seducir a las masas con elegantes discursos. En nuestros tiempos, los discursos no son elegantes, pero están más de moda que nunca, pues quizás no encontremos en la historia de la humanidad tanta perorata como las que ahora se prodigan, ni tan falsas, posiblemente por una razón extraordinariamente elemental, como la que viene dada por el hecho de que nunca como ahora hubo tantos seres humanos pululando sobre la faz del planeta.
Roma no intenta hacerse ahora con el control de Britania, puesto que los herederos de los pictos liderados por Calgaco, que se rebelaron contra Eduardo I de Inglaterra, forman parte hoy del Reino Unido, que lucha codo con codo con la nueva Roma, formada en parte por sus propios colonos, los “Peregrinos”, 
que dieron lugar al nacimiento de los Estados Unidos con la famosa gesta del Mayflower. Estas dos potencias, en unión de otros comparsas, luchan en dos sangrientas guerras, Irak y Afganistán, de las que hay bastante información en el mundo, por su crueldad y extremada dureza, cosa que por una razón que tiene mucho que ver con la degradación de la elocuencia, se nos oculta en España, en donde está oficialmente prohibido hablar de la Guerra de Afganistán, después de haber dedicado ríos de tinta a la de Irak.
En el colmo de la locura y de la degradación del arte de la elocuencia, nuestros tribunos deciden que una guerra no es una guerra, si tal cosa les resulta conveniente, y la gente puede morir allí a diario por decenas, que la decisión está tomada, nadie rechista, y como donde no hay guerra no tiene por qué buscarse la paz, en España, el pacifismo no es ahora necesario, y lo que era hace cuatro años repulsa generalizada por la violencia internacional, se volvió pura insensibilidad, buena prueba de su insincera y manipulada proyección pública anterior.
El régimen instaurado por las potencias imperiales en Afganistán, acaba de hacer una demostración al mundo de que los prometidos cambios que iba a traer la destrucción del régimen talibán, son poco presentables en el occidente pacifista que sigue las instrucciones de sus dirigentes, cuando el pacifismo resulta conveniente. Las quince ejecuciones que se acaban de producir en aquel país, se camuflan informativamente, con el pretexto de que entre los ejecutados se encuentra el asesino del periodista de El Mundo, Julio Fuentes.
Como mataron al asesino de Julio Fuentes -eso nos dicen-, la pena de muerte, que hace pocos años levantaba oleadas de repulsa, tampoco provoca rechazo, si se aplica a cetrinos personajes de remotas tierras, y esto se hace en un país en el que España está jugando un papel “humanitario” en su “reconstrucción democrática”. Como no lo hubo cuando Javier Solana ordenó el ataque a Serbia, y el mundo se inventó por primera vez el concepto de “bomabardeo humanitario”, que llegó asociado al de “daños colaterales”, para referirse a las cuantiosas víctimas civiles que murieron o fueron heridas en la llamada “Guerra de Kosovo”. Aquí no hay pacifismo que valga. Es, como tantas cosas, pura manipulación de masas acríticas, a las que se hurta la información y se las sepulta en la ignorancia.
Y sin embargo, hay algunos datos que debieran ser explicados, sobre lo ocurrido en Afganistán, desde que las potencias -entre ellas España- tomaron el control del país. Según los informes publicados por la Oficina de Naciones Unidas para la lucha contra la Droga y el Crimen Organizado, (UNODC) , el astronómico crecimiento del cultivo y el tráfico de adormidera y opio en aquel país en
los últimos años, y especialmente en el 2006 -que es el último del que se dispone de datos-, sólo va parejo al empobrecimiento de sus cultivadores, que cada vez más, se ven obligados a vender su letal producción, a cambio de menos dinero, a medida en que los cárteles mafiosos se van adueñando del poder y las instituciones del país que se está “reconstruyendo” a base de cañonazos.
El propio Ministerio Contra Narcóticos (Ministry of Counter Narcotics) reconoce en sus documentos esta terrible realidad, que es estudiada en ensayos y artículos como los publicados por Paula J. Newberg -hay mucho publicado de numerosos autores fiables sobre esta gravísima situación-, asesora de Naciones Unidas, que como tantos otros observadores internacionales, se desespera ante la impotencia con que las naciones desarrolladas parecen contemplar el hecho de que su liderazgo militar en Afganistán, haya convertido a este país nuevamente en el gran productor mundial de opio que había dejado de ser con el régimen fanático talibán.
Un sencillo repaso a la historia y al mapa en el que ésta dejó sus huellas, nos revela que en realidad estamos metidos en el ponzoñoso escenario de las seculares guerras imperiales británicas, en las que el opio, cuya pista llega hasta los Balcanes, fue el motor histórico del comercio entre Birmania -curiosamente también de actualidad- India, China y Afganistán, durante un siglo, el XIX, en el que hay que buscar los orígenes de un negocio al que no son ajenas sus ramificaciones financieras en occidente.












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