
La superestrella del rap, Jay-Z, que publicó su último álbum hace cinco meses, con un más que mediocre resultado de ventas, acaba de protagonizar una operación, que refleja, de acuerdo con la expresión que utiliza Jeff Leeds en su artículo “In Rapper’s Deal, a New Model for Music Business“, publicado en The New York Times del 3 de abril, “la anarquía que está conmocionando el negocio de la música”.
Jay-Z está apunto de cerrar un acuerdo con un promotor de conciertos, Live Nation, que ya firmó un contrato revolucionario con Madonna, por 90 millones de dólares, y que amenaza con superar cualquier contrato que haya sido firmado nunca por las antiguas productoras musicales, pues se habla de 150 millones el caso del rapero. Tan sólo hace unos días, que se anunciaba otro acuerdo de Live Nation, de la misma naturaleza, con U-2.
El debate no es moco de pavo, y tiene mucho que ver con los cambios que está
produciendo Internet en las ”industrias de la cultura”, pues al trasvasarse el negocio de la música, de las grandes productoras discográficas, a los organizadores de conciertos, lo que se ratifica, ni más ni menos, es que se muere el viejo mundo del disco, para dar paso a la música de Internet, en donde lo que importa es el músico ante su público, que en Internet coge dimensión global, se mundializa, y no en el mero negocio de promoción de un soporte audiográfico, un negocio del pasado siglo XX, al que se aferran, de manera necia y ciega, los burócratas de la “cultura” y de las sociedades de recaudación de derechos de la propiedad intelectual, como es el caso de la patética Sociedad General de Autores de España, SGAE.
El mundo del CD, en el que imperaban la Warner, la Universal, la EMI, o Sony BMG, ha sido ya sustituído por otro escenario -basta ver el vacío que reina en los departamentos de música de los grandes almacenes-, en el que la música es cosa de YouTube, MySpace y otras empresas de Internet, en cuya actividad de divulgación de vídeos y gabaciones de audio, los derechos de reproducción, pierden toda su fuerza, ante la importancia de la difusión de la música en sí, como antesala del contrato de marketing y del concierto en vivo. Si a esto añadimos que el audiograma ya no tiene por que guardarse, ni en vinilo, ni en CD, ni tan siquiera en el disco duro, sino que se convierte en una descarga en línea, nos damos cuenta de las razones, por las que las grandes productoras musicales del pasado, dejan vía libre a las grandes organizadoras de conciertos, como Live Nation.
La popularidad de las descargas musicales ha revolucionado la manera en que se consume la música, mediante una revolución tecnológica a la que todavía hoy, desde la ignorancia del cambio de modelo, se denomina piratería. Aún hoy, se entiende mal que eso que llaman piratería, ha contibuído a crear una nueva era industrial, en la que la tradicional venta de grabaciones se derrumba, porque la tecnología lo derrumba, y el supuesto pirata no es el actor del fenómeno, sino una pieza que se mueve en la gran máquina que son los nuevos medios de comunicación, que son los que determinan el nuevo orden de cosas.
Las empresas que empiezan a prestar atención a los nuevos mecanismos para ganar dinero, como la venta de “ring tones” telefónicos y otros nuevos negocios, que intentan sacar el jugo a la música a traves de las variadas posibilidades del marketing, y se olvidan del supuesto “pirata”, demuestran la inteligencia del que va por delante, y se olvida de matar al mensajero -perseguir la piratería es algo que recuerda a los “cartistas” que destruían las máquinas-, para intentar comprender el nuevo mundo que tiene ante sus ojos.
Jay-Z - Dirt Off Your Shoulder












Escribe un comentario