Montar un parque eólico en ‘el Estado’ es una cosa muy sencilla y muy rentable para el que lo hace

 

Parque eólico en el Puerto de El Palo (Allande)

 

 

Pongamos por caso que por unos minutos, mientras dura esta reflexión que les propongo, somos capaces de olvidarnos de las esencias esenciales, ésas que definen el ser de lo español, los atavismos patrióticos, y que por las mismas, y establecidas así unas reglas de juego homogéneas, conseguimos que ese ejercicio de amnesia colectiva se lo apliquemos a todos los atavismos de esta naturaleza que campan a sus anchas en el territorio de la Nación de naciones, y así también, nuestros compatriotas que son hijos de Guifré el Pelós, vasallos de las siete tribus en los que el linaje de Aitor organizó Euskal Herría, e incluso los descendientes de los Saefes, que encontraron en el sur de la mítica Galiza un acomodo desde su largo peregrinar originario en las tierras más montañosas de centroeuropa, respondan a nuestra llamada, y también acepten borrar de sus mentes cualquier referencia mítica, y pasen a formar parte de un colectivo de ciudadanos instalados sobre la superficie de lo que antes se llamaba España, y ahora vamos a llamar ‘el Estado’.

Así pues, hemos olvidado las armas de todo tipo -las ideológicas y las de fuego-, a la puerta, y nos hemos deshecho de las ideas de lo que para muchos significa Catalunya, Galicia, Euskal Herría y España -por supuesto dejamos también a un lado las nuevas naciones menores, como Madrid, el País Valenciá, Asturias o La Rioja- para aceptar una conversación en la que esos condicionamientos a priori no existan, y empezamos a hablar de la forma en que aquí se organiza la gestión de los intereses reales de los ciudadanos, esas masas humanas a las que se utiliza por parte de las élites económicas y políticas que administran estos conceptos como instrumentos punzantes o arrojadizos, para que la gleba se agreda entre si, mientras los que ponen en juego los balones, se dedican a hacer negocios de todo tipo, aprovechándose del despiste generalizado.

Todo muy obvio. Mientras los de a pie se matan o entretienen discutiendo sin son gallegos o españoles, o si los casquetes polares se funden, los ciudadanos de ’el Estado’ -quedamos en que lo llamamos así, evitemos discutir el asunto por un momento; insisto-, que tienen un mayor conocimiento de las cosas, como por ejemplo los políticos, se encargan de administrar las licencias de obras en los ayuntamientos, de adjudicar las grandes obras públicas en las comunidades autónomas, y lo que es mejor, en el caso de los ahora llamados emprendedores, se encargan a su vez de que les adjudiquen a ellos todo lo adjudicable, como por ejemplo, uno de los negocios más tontos, y de los que ahora están más de moda: un parque eólico (se trata de un ejemplo muy sencillo para ilustrar una tésis).

La diferencia esencial entre que la autorización administrativa para construir un parque eólico la dé un alcalde y un gobierno autonómico de políticos españoles, del PSOE o del PP, o un concejal nacionalista de Herri Batasuna, Ezquerra Republicana o el Bloque Nacionalista Galego, estriba en que dependiendo de quién de la licencia municipal, ése es el que se lleva la comisión, cosa que no puedeParques eólicos per tutti, pago io hacer el que no gobierna, y lo mismo ocurre con el político autonómico, que es el que tramita las autorizaciones administrativas, que consisten en acumular muchos papeles, uno encima de otro, de entre los que destaca, por su importancia, las alegaciones realizadas por los grupos ecologistas, a los que se subvenciona para que los expedientes sean legales, pues sin las alegaciones de los ecologistas los expedientes estarían incompletos, serían ilegales, y no se podrían instalar este tipo de instalaciones que necesitan alegaciones.

El conseguidor que pone de acuerdo al alcalde y al gobierno autonómico, que culmina el proceso, sólo tiene que conseguir -por eso es un conseguidor, porque consigue- completar esos documentos, con las alegaciones de los ecologistas incluídas, y a continuación, va al banco a por el dinero para abonar su pequeña miseria al lugareño que le arrienda el terreno, y empezar a extender los pagarés a nombre del fabricante de molinos, que ya pagó su parte a los políticos en la última campaña, suelta su cachín a la empresa de montajes, enchufa los molinos a la red, y empieza a cortar un maravilloso y estúpido cupón, del que disfrutan de por vida él y sus descendientes, hasta que acaba la vida útil del molino. Así se emprenden hoy maravillosos momios en ‘el Estado’.

Puestas así las cosas, ¿qué papel reservamos en esta tragicomedia que es la realidad estatal, al resto de los ciudadanos, que trabajan a diario por cuenta ajena? Evidentemente el de tontos útiles, dado que la gran mayoría de los negocios de verdad, se hacen de manera muy parecida, aunque con más complejidad que éste tan sencillo, dado que las centrales térmicas, las grandes obras de urbanización, la construcción de colosales obras públicas, y demás auténticas fuentes de riqueza para quienes se dedican a tan lucrativas actividades, siguen un guión similar. Así pues, triste papel el que nos reservamos las gentes de a pie que vivimos en ‘el Estado’, y que no formamos parte ni de la plutocracia, ni de la partitocracia, dado que todos, absolutamente todos los demás, seamos guardias de tráfico, fontaneros, electricistas, cobradores del frac, submarinistas, e incluso simples abogados a la espera de un cliente, estamos a merced de las ocurrencias de los partitócratas y sus enredos, con los que nos entretienen y nos condenan a una existencia cada vez más precaria, mientras los servicios públicos de ‘el Estado’ se arruinan, a cuenta de estas guerras organizadas por unos y por otros, para distraer nuestra atención de lo esencial: que los grandes negocios de los que proceden las no menos grandes fortunas, se hacen a costa de nuestra naturaleza tontuna, y gracias a nuestra monumental ceguera.

Sigamos pues hablando de gilipolleces, que nuestras montañas más sagradas, nuestras más bellas cordilleras, se van a llenar de parques eólicos, para felicidad de emprendedores y de políticos recaudadores de comisiones, mientras las salas de conferencias se adornan con profetas que entretienen a la afición hablando de las energías renovables, el cambio climático y las emisiones de CO2. Todo negocio fácil, todo momio, tiene su literatura, sus coplas de ciego… Y además, por si fuera, poco entretenimiento, tenemos también los debates sobre la estructura de ‘el Estado’, que son no menos enriquecedores e inacabables.

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